viernes, 2 de enero de 2009

Esther Díaz. Sobre Michel Foucault

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EL PEZ EN BICICLETA


Miguel Benasayag - Edith Charlton

(capitulo XV del libro: Crítica de la Felicidad)



L' amour... toujour l'amour. Estas líneas están escritas en Francia, tierra identificada, con razón o sin ella, con el amor, ese extraño fenómeno designado por Alain Badiou como una de las cuatro proceduras genéricas (las otras son el matema, el poema y la invención política,) (1). Después de todo, ya se sabe, del lado de la felicidad, con amor y agua fresca todo va bien(*), incluso en el país del camembert. A pesar de largas y serias investigaciones, no hemos podido descubrir aún el porqué del agua fresca.
Si es cierto que existe una figura de la totalidad totalizante, de la armonía pastoril cristalizada, ella es exactamente la que evoca el significante "amor". Cuando decimos "amor", no hemos dicho todo, lejos de ello; sin embargo, la mayoría de las veces, no queda nada por decir, excepto agua fresca, ¿por qué será?. Corriendo el riesgo de caer en una herejía más, trataremos de decir algo acerca del amor.
La condición amorosa, con todas sus imágenes cercanas a un autismo romántico, remite tanto a los hombres como a las mujeres a una subjetividad muy particular, en la que se fusionan de manera imaginaria, permanente y armónica con otro ser que los comprende (comprende todo, por supuesto), los envuelve, los protege, los estimula... Ying y Yang, Juan y María... La enfermedad amorosa nos da la ilusión de un cotidiano mágicamente transformado: me pongo las medias, María está ahí; ella se cepilla los dientes, Juan está ahí. ¡Qué bárbaro! Al amor a primera vista, mientras se trata de una metáfora, todos conseguimos más o menos superarlo, porque a lo cotidiano transformado por el amor le siguen días posteriores en que María pierde lentamente sus poderes.
Nuestra sociedad de la mercancía y del espectáculo ha hecho del amor una super-mercancía descartable. Todo tiene que ocurrir en la estupefacción del consumidor encantado, pero nuestra sociedad digiere rápido. Sabemos todos, gracias a fabulosas herramientas tales como la televisión, de qué modo enamorarse, reemplazando, por ejemplo, el agua por la Coca-Cola, cómo vivir un amor a primera vista embriagado por su perfume(**),cómo declarar su amor con un diamante ... (***). El agua fresca, prótesis indispensable para el acontecimiento amoroso, es alegremente reemplazada por otros productos menos acuosos y más caros según el antojo de nuestros publicitarios, esos gangsters de nuestra época.
Pero dejando de lado las bromas, "una mujer sin un hombre es como un pez sin bicicleta": este bellísimo slogan elaborado por las "hermanas" del movimiento feminista nos permite escribir algunas palabras más allá de toda armonía pastoral amorosa. Nosotros pensarnos que hay que atreverse a deconstruir radicalmente y sin concesiones estas visiones unidimensionales y estériles de un amor-armonía, de un encuentro perfecto que responde a no se sabe qué correspondencia cósmica capaz de producir un todo.
No, no se trata de un enchufe eléctrico ni de una sabiduría cualquiera de la naturaleza, que determinaría una línea unívoca y sin ruptura del género. ¿Has visto, hijo mío?, las moscas van con las moscas, el gallo con las gallinas, el vecino con la vecina... El amor tiene más que ver con un pez muy original al que le gusta una bicicleta y con una bicicleta que sueña con vivir con un pez. Ni armonía, ni encaje, ni correspondencia, simplemente, tal vez, admiración.
"La admiración, según dice Luce Irigaray, esa pasión que no tiene ni contrario ni contradictorio, y que siempre es por una primera vez. Así, el hombre y la mujer, la mujer y el hombre están siempre una primera vez en el encuentro porque son insustituibles el uno con respecto al otro. Jamás estaré en el lugar de un hombre, jamás un hombre estará en mi lugar. Cualesquiera que sean las identificaciones posibles, jamás ocupará uno exactamente el lugar del otro -son irreductibles uno con respecto al otro" (2). Imaginemos la sorprendida admiración entre un pez y una bicicleta. La bicicleta no creo que este ser tan raro, sin piernas ni brazos, sepa hacerla andar como se debe y, por su parte, el pez no ve en la bicicleta una buena herramienta para ir a su trabajo de pez.
La frase del discurso amoroso está enunciada por Jacques Lacan como: "Te pido que rechaces lo que te ofrezco porque no es eso..." Nunca es eso y, sin embargo, no podemos impedimos ofrecer nuestro amor. Para que el amor no tenga la cara de una botella de Coca-Cola, es necesario poder identificar el vacío, la fisura o la ruptura de un acuerdo entre dos seres que podrán decir de la armonía: "No es eso."
Frente a su mutua incapacidad para convertirse en la herramienta del otro, el pez y la bicicleta tienen la posibilidad de construir a partir del vacío una relación de admiración y de fidelidad llamada amor. Fidelidad entre un pez y una bicicleta podría querer decir no tomar al otro como objeto en un "salto del intervalo", respetarlo y admirarlo como quien sigue siendo otro con el pasar del tiempo. Ser fiel, para la burguesía, significa gozar del otro en su consumo y su digestión hasta que el otro entregue su alma, que ya no tenga secretos, tanto de profundidad como de libertad. En la felicidad mercantil, fidelidad significa encarcelar al otro, amor bancario en que uno invierte parte de su capital en alguien y el resto en otra persona...
Que no se trate de un enchufe eléctrico, que a pesar de la "buena" voluntad del sexólogo todo no ocurra como entre los hipopótamos, también quiere decir que, mientras el amor entre un pez y una bicicleta esté fundado en la ética y la admiración, no habrá aberración ni perversión, ni "mala elección de objeto", en una palabra, no habrá patología. Entre pez y bicicleta, incluso entre varios, todo está permitido.
"La palabra fidelidad, escribe Alain Badiou, remite con claridad a la relación amorosa, pero yo diría que es más bien la relación amorosa la que remite, en el punto más sensible de la experiencia individual, a la dialéctica del ser y del acontecimiento, cuya fidelidad propone un ordenamiento temporal. En efecto, está fuera de duda que el amor, lo que se llama amor, se funda con una intervención y, por lo tanto, con una nominación, en los parajes de un vacío convocado por un encuentro" (3).
El acontecimiento amoroso, tratado como tal por Badiou, tiene sin duda que ver con la "verdad", la "verdad" que plantea un indiscemible, haciendo un agujero en lo cotidiano, en el saber (hacer) cotidiano. Frente a este punto de vacío se requiere la ética, porque en ese momento de ruptura de lo cotidiano que constituye el acontecimiento del encuentro amoroso, los hombres y las mujeres tarnbién pueden aplastar lo que hay de nuevo en este encuentro transformándolo en una "aventura" o, peor todavía, en un casamiento. Desde el principio son infieles, no en el sentido burgués de engañar a su pareja, sino infieles al acontecimiento, a la singularidad del acontecimiento.
Dicen que las cigüeñas son monógamas; en cambio, los gorilas aparentemente no lo son, ¡bagatelas! Ni las cigüeñas ni los gorilas, ni siquiera los hipopótamos pueden hacer de otro modo lo que hacen. Para ellos, la imagen que se impone es la de un ciclista en perfecta armonía con su bicicleta, o la de una horma con su zapato.
En las relaciones amorosas que intentan existir más allá de las leyes de la mercancía, todo queda por construir en un juego arriesgado, juego de fidelidades múltiples. Pero sin duda, como lo dice Luce Irigaray, se trata para la mujer de amarse a sí misma (nosotros diremos ser fiel a sí misma) para poder amar a otras mujeres u hombres. Con agrado incluimos en esta opinión a todos los peces y bicicletas que se lanzan en la aventura amorosa.



Notas:
(1). Alain Badiou, Manifeste pour la philosophie, Le Seuil. Paris, 1989.
(*) Hemos optado por dejar la expresión francesa Vivre d'amour el d'eau fraîche, cuyo equivalente en castellano es Amor, pan y cebolla, debido a las numerosas y precisas referencias que de ella hace el autor a lo largo de este capítulo [N. del T.]
(**) Coup de foudre, cuyo significado en castellano es "amor a primera vista", es también el nombre de un perfume [N. del T.]
(***) Comment déclarer son amour avec un diamant: referencia a una publicidad francesa para la promoción de diamantes [N. del T.1]
(2). Luce Irigaray, Ethique de la différence sexuelle, Ed. de Minuit, Paris, 1984, p.20.
(3). Alain Badiou, L´ Etre et l' Evénement, Seuil, Paris, 1988, p. 257.